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Andesu no Monogatari

Texto Curatorial: Claudia Lira 

                                                No todo caminar es peregrinar quien lo hace…se transforma  
 
Caminar es la manera natural de moverse, pero aquella que peregrina busca, como dice Huidobro, en el poema el Paso del Retorno, “su propio corazón y el corazón del mundo”. Peregrinar, 巡禮, shunrai, se escribe con el kanji, 巡, shun, que muestra el signo camino acompañado de río; imagen del “movimiento adecuado” a través de la relación de la no forma, el agua, con la forma, el camino. El despliegue del río que nunca es recto expresa el ajuste/resonancia de los opuestos, una dinámica que revela la profundidad espiritual del peregrinar, que se sella con el segundo kanji, 禮, rai, rito, ceremonia, etiqueta.   Un rito, muestra una secuencia de gestos que reúnen a la peregrina con lo sagrado y que expresarán su respeto/admiración y agradecimiento. Ocurre en un tiempo no lineal y en un espacio, donde confluyen todas las energías. El rito es la forma, la manera correcta de relacionarse: la del río con el camino.  
Carolina, incorpora a sus obras su cultura, su sangre, sus historias, por eso la vemos híbrida en las imágenes, asiática e indígena. Además, entiende su proceso de producción de obra como peregrinaje: uno que inicio hace muchos años cuando de niña estudio ballet. En la danza aprendió el lenguaje del cuerpo, la relación cuerpo ritmo, la armonía con los otros cuerpos. Tenía este sabor en la piel cuando tuvo que dejar la danza, pero gracias a él pudo reconocer en la práctica del papel el ejercicio del cuerpo. Su antigua escuela, renacía, podría volver a danzar, con otros cuerpos, con otros ritmos, descubriendo nuevas armonías. 
El proceso de creación para ella es un caminar, nos dice “voy tocando, sintiendo, conversando con los materiales. Algunas personas le dicen: pocos se dan cuenta o pueden apreciar la cantidad de trabajo, que hay en tus obras”. Por eso, darse cuenta de la sutileza de la obra de Carolina revela una detención, una sensibilidad apreciativa, como la de Bashō, en el siguiente haiku: 
“Cuando miro con atención,  
veo crecer la nazuna  
junto al seto”.  
 
El monje/poeta es un peregrino, un henrō, que, como dice Yourcenar en “Bashō va de camino”, que va caminando dentro de sí mismo en conexión con el universo. Peregrinar fue para él una resolución, exponerse, aún sabiendo que ello podría costarle la vida. La nazuna es una flor de pradera muy pequeña. Su imagen en el poema expresa que quien la descubre se encuentra en una sensibilidad alerta, delicada, incluso tierna, que nota lo ínfimo en medio de lo inmenso. A eso nos invitan las obras de Carolina a parar y contemplar, 止観, shikan, como indicó Shige, fundador de la Escuela Tendai (s.VI).Sus pequeñas dimensiones, el arduo trabajo que contienen, los detalles y los mensajes, nos incitan a mirar con atención; quien se detenga en ellas, ingresará al sentido del kanji, dō, como modo de vida.  En los textos clásicos chinos, dō, aparece escrito como, chuò, 辵, que contiene, shān, 彡 cabello y zhǐ, 止, parada, parar. Según el Shuowen, indica andar un poco y detenerse para contemplar. Así el camino espiritual es un movimiento que incluye la pausa. Carolina lo ha descubierto, saboreándolo. Peregrinar, es para la artista un andar que enseña a dar un paso a la vez, a ir lentamente. Aruku, 歩, actualmente, significa continuidad en el movimiento, pero en el Japón medieval, no era el simple caminar físico sino alcanzar profundidad en la búsqueda espiritual, lo que requiere tiempo. El desarrollo espiritual/artístico no es avanzar, por esto, aruku incluye, 止, parar y 少, poco/pequeño. Unidos, transmiten la imagen de "pasos cortos y pausados", que propician la mirada/escucha, atenta. La antigua China, asociaba este kanji al movimiento meditativo. La meditación en movimiento permite descubrir y habitar el instante, donde aparece, acontece, la visión como escucha atenta, presentada como yoku mireba, por Bashō, un ver con cuidado, advirtiendo el crecimiento, el modo de ser, de la nazuna.  
Si nos detenemos, descubriremos en la obra de Carolina un conjunto de técnicas unidas por un material vivo, el papel, cuya producción en sí misma es un arte, un camino, kamidō. Carolina cuenta: “me importa el proceso, lo que experimento mientras hago el papel, luego, lo corto, lo tuerzo, lo ovillo, lo tejo a palillos o mediante telar”. Las maneras de con-vivir con la materia viva, las siente como una danza, que se hace paso a paso, pero ellos no conducen a un resultado, aunque lo veamos, es decir, existe la obra. Esos pasos, que no son peldaños de ascenso o lineales, el inicio existe y la meta también, pero una caminante-peregrina siente el primero como llamada/vocación y, la segunda, como un punto que no se encuentra en ninguna parte o que está en todas partes. Agrega: “crear es una coreografía”, una consecución de gestos unidos a etapas vividas por el papel, por ejemplo, “el bastidor puede producir una ola y a través de ellas vas armando el papel; después ese papel puedes arrugarlo, lanzarlo y volver a abrirlo, ese gesto lo transforma en otra cosa”. Peregrina, se puede entender, entonces, en sentido poético como 道を歩む, seguir un camino en la vida, conservando el sentido de hacerlo a pie, es decir, al ritmo del cuerpo. Un camino a escala humana, a mano, le permite crear algo tan pequeñito como sutil, donde nos podemos adentrar en las huellas del gesto y sentir la condición de sensibilidad de la artista, su silencio, su canto, su dolor. 
 
Geidō: Criar dejándose criar 
 
En los Andes los textiles están vivos, son sujetos, visten e invisten a quien lo porta, de la energía de la vida de la que están confeccionadas, lana de llama, alpaca y, en el caso del inka, de vicuña, animal no domesticado. Los colores y los diseños son simbólicos. Carolina, usando técnicas de tejido andinas, introduce en el camino del arte del papel japonés, un espíritu ancestral de los Andes. Tejer es un rito, un hacer guiado donde los gestos ponen al cuerpo en condición de vasija. Un cuerpo que teje es un cuerpo vacío, conectado a la mutación cósmica, con el viento, las aguas, las montañas. Un cuerpo que teje es montaña y agua. 
“Lo textil tiene cuerpo, volumen y textura. Quien aprecia esta materialidad no puede dejar de tocarla, así lo textil convoca al tacto y es tacto. Se produce con el cuerpo y el cuerpo se produce en ese hacer.” (Pérez-Bustos, 2023, p.226) 
En los Andes, se dice que la naturaleza nos cría, nos da forma y nos afina, nos hace humanos. La crianza es la manera en la que la naturaleza nos educa. Aprendemos iniciando un camino de relación con las vidas que nos rodean. La crianza es cultivar y reciprocar, cuidar y resonar, aprendemos desde el cuerpo mirando, escuchando, sintiendo el suelo recibiendo el cielo. Mirar con cuidado los procesos hechos de pasos es escuchar, repetirlos con respeto y agradecimiento, es arte. El camino del arte japonés se parece a la crianza andina. Luego, Carolina me dice, tras un largo silencio: “me gustan las cosas que tienen etapas, moviendo el cuerpo puedes sentir, la calidad del movimiento, hasta donde llega, el contrapeso, esos movimientos forman parte de la producción de obra. Llevo treinta años en el camino del papel y todavía no se agotan sus posibilidades. Este tiempo compartido y las circunstancias que hemos vivido, me hace sentir que lo conozco como cuando conocemos a una persona”. Nos conocemos hace muchos años, cuando la escucho decir esto, me trasmite: calma, amor, admiración hacia el papel, habla como una madre, que ha visto crecer y transformarse a un hijo/a y, que de tanto mirarlo, escucharlo, tocarlo, lo conoce y, al mismo tiempo, lo desconoce, porque es un ser vivo que seguirá transformándose. En eso radica el misterio de criar vida como camino de peregrinación, el que acaba cuando dejamos de tejer y ese tejido muestra la manera de comprendernos a nosotras mismas en la Vida gracias a otras vidas. Las mujeres tejedoras fueron enterradas con sus utensilios, con sus lanas, agujas, muestras de colores, de nudos, como evidencias de su caminar, peregrinar, tejiendo. 
Sombrero de Cuatro puntas. 
Hace pocos años la arqueología descubrió en la costa norte del Perú una tumba intacta con una mujer gobernante de la cultura moche. La llamaron la dama de Cao. Fue enterrada con los emblemas del poder, portaba bastones y un gran tocado, joyas, y textiles ricamente adornados. El sombrero de cuatro puntas es un emblema de poder. En los Andes el poder lo detentas los cerros, llamados Apus, son los dueños del agua. Es importante destacar que los cerros son Mallku y Talla, es decir, varón y hembra. Muchas veces es la parte Talla la que posee el agua. 
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